Lo característico de los seres vivos
es la sensibilidad, la percepción, esa capacidad para que, por medio
de los sentidos, podamos conocer el mundo que nos rodea. Estos
sentidos nos proporcionan, a su vez, sentimientos, sensaciones
provocadas por un acontecimiento.
Estos sentimientos son los que, a los
seres humanos, nos condicionan. Las emociones que sentimos al ver un
atardecer, a un niño, o al ser al que amas. Estos sentimientos nos
hacen ser como somos, ser personas más alegres o más tristes. Nos
hacen ver el mundo de diferentes maneras, e incluso la forma en la
que nos vemos a nosotros mismos.
Ser capaz de compartir estos
sentimientos que son tan intrínsecos a uno mismo es una capacidad
que no todas las personas tenemos.
¿Alguna vez no habéis pensado en lo
difícil que es decirle a alguien lo que pensamos o sentimos por
ella? Es así de difícil.
Muchas personas me han dicho que
probablemente solo haya que tener valor para hacerlo, que no es nada
del otro mundo expresar los sentimientos, que hay que dejarlos salir.
Pero yo os digo ¿De verdad creéis que es tan fácil?
Siempre me ha costado explicar lo
difícil que para algunos de nosotros es contarle a un amigo, por muy
cercano que sea, nuestro sentimientos. Pueden estos llegar a evocar
un sentimiento de tristeza tal que ni te permita comunicarlo. No es
posible.
A otras personas les resulta mucho más
fácil contarle a los demás lo que sienten y no necesariamente a sus
amigos más cercanos.
Pero me pregunto yo ¿qué podemos
hacer con aquellos que no pueden dejar fluir sus sentimientos?
Hay cosas que es mejor no contarlas y
cosas que si no se cuentan pueden hundirnos.
Es así. Tan simple como
eso.

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